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“No puedo volver a Camerún porque allí quieren matarme”

por Tania Costa
26/03/2014 12:47 CET
“No puedo volver a Camerún porque allí quieren matarme”

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Cada hombre es un mundo y aún  así las historias se repiten una y otra vez en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla.

Bernard saltó la valla el pasado 17 de febrero con un grupo de unas 60 personas, que eligieron las seis de la mañana para entrar en la ciudad por un punto intermedio entre los puestos de Beni Enzar y Barrio Chino.
Era su primer intento y lo logró. En el monte Gurugú se quedó un buen amigo suyo del que no ha vuelto a tener noticias. Juntos hicieron la travesía por el desierto. Lo dice y muestra una foto de ambos en medio del mar de arena que tuvieron que atravesar.
Bernard no tenía claro que quisiera venir a Melilla. Huyó de su ciudad, Mudemba, en el suroeste de Camerún, a Nigeria porque su tío quería matarlo. “Mi padre era el líder de mi pueblo y cuando murió, yo le estorbaba. Tuve que huir de mi país para salvar la vida. Mi tío me disparó en mi habitación en medio de una ceremonia”. Lo dice y muestra una foto que guarda en un móvil antiguo, en la que él yace herido, con una camisa blanca machada de sangre.
De Nigeria, Bernard siguió camino a Níger porque a su tío le bastó una semana para localizarlo en Nigeria. De ahí continuó hacia Argelia, donde estuvo dos meses. Y finalmente pasó otros tres meses en Marruecos a la espera de saltar la valla. Es el tramo final y el más difícil del camino a España.
Todo el trayecto de su viaje desde Camerún, lo hizo Bernard a pie y sin dinero. Según cuenta, este camino sólo está hecho para personas psicológicamente muy fuertes. Lo dice sin aspavientos y muestra otra fotografía que conserva en su móvil: Huellas de coches en medio del desierto y ni un alma alrededor. Sólo huellas.
“En Marruecos hay mucha Policía. Hacen redadas y te llevan a Rabat y de ahí tienes que regresar a Nador. Es muy, muy, muy difícil escapar. Lo peor es ese camino a veces corriendo de Rabat a Nador”.
La Policía marroquí, subraya este joven camerunés, es peor que el hambre o el frío del Gurugú. Aún así, Bernard reconoce que tuvo la suerte de encontrarse con algún gendarme honesto. “La mayoría quiere dinero”, asegura.

Un respiro en el CETI
La voz se le crispa cuando recuerda lo que sufrió al otro lado de la frontera. “La Policía marroquí es muy mala y tiene perros. Les molestamos. Hay una gran diferencia con la Guardia Civil. Son educados y nos respetan”.
Las cosas han cambiado en la vida de Bernard desde su llegada a Melilla. El joven admite que el CETI aloja a muchísimas personas, pero recalca que dentro del centro no le faltan las cosas elementales para vivir y destaca que la plantilla de profesionales que les atiende es “muy buena”. Además, comenta que esta semana está prevista la salida a la península de 91 personas. Una parte abandonaría la ciudad ayer y la otra, mañana, según ha escuchado.
Bernard comparte habitación en el CETI con otras 23 personas de Nigeria, Senegal y Gabón, sobre todo. La mayoría no llega a los treinta años. Por las noches, antes de conciliar el sueño, suelen hablar de otros sueños: Casi todos quieren ser futbolistas. También los hay quienes aspiran a convertirse en periodistas o en militares. Pero para ello necesitan salir de Melilla.
En los planes de este joven no entra ni de broma volver a Camerún. Está convencido de que el viaje de regreso le llevaría a la tumba. “Yo sé que de momento no volveré a ver a mi familia. Soy cristiano y cada día le pido a Dios que me ayude con mi vida. No puedo volver a mi país porque allí quieren matarme”.
Ahora se limita a soñar con salir de Melilla, llegar a Suiza y volver a estudiar: Quiere ser médico.

Ánimo para venir a Melilla
Una vez en Melilla y pese a todas las penurias que Bernard ha pasado en los últimos cinco meses, él cree que el viaje ha valido la pena. En su caso personal porque ha salvado la vida. Sin embargo, anima a los jóvenes cameruneses a seguir su camino para alcanzar el sueño dorado europeo. “A los que quieren venir les advertiría de que la ruta no es fácil. Es muy, muy, muy difícil y los 200 kilómetros del desierto del Sahara son muy difíciles. He visto a gente morir por el camino”.
También aclara que no conoce a nadie que quiera quedarse en España. Todos quieren llegar a la península para continuar viaje a Francia, Alemania, Finlandia o Suiza. “No sé si es una buena solución para la vida de los que quieren venir. Estoy bien. No estoy cansado y este viaje te hace más fuerte”.

“Pagué 500 dirhams para entrar a Melilla con un pasaporte marroquí”

Mohamed es un somalí de 25 años al que se le nota que ha recibido una buena educación. Lo delatan sus exquisitos modales, su forma pausada de explicar las cosas y su curiosidad por conocer otros mundos. Se le enciende la mirada cuando habla de Frankfurt, Barcelona o Valencia. Su sueño es recalar en una gran urbe cuando consiga salir de Melilla.
Para entrar a la ciudad, Mohamed eligió hace un mes la ‘estrategia siria’: Un pasaporte falso. Por él pagó 500 dirhams (50 euros) a un marroquí que se le parece mucho físicamente. El joven nadorense cruzó la frontera con él, vigilando la operación a distancia. Al entrar en Melilla, Mohamed le devolvió el pasaporte y se dirigió al CETI.
Según comentó a El Faro, para entrar en Melilla con un pasaporte falso, ante todo hace falta “suerte”. No hay una tarifa fija que pagar ni un lugar fijo donde conseguirlo. La cadena es muy larga: “Alguien te pone en contacto con alguien, que te lleva a otra persona que finalmente es la que te da el pasaporte. Cada uno paga, según el dinero que tiene. Hay a quien le cuesta 1.500 euros y otros pagamos 500 dirhams.  Depende de a quién te acerques, quién eres, si eres sirio o negro y cuánto dinero tienes”, dijo en un alto nivel de inglés. “Si hablas bien, puedes conseguirlo barato, pero si demuestras que tienes dinero, pagas más”, recalcó.
Pese a que lleva un mes en Melilla, Mohamed aún no tiene planes de futuro. “Como sabes, en Somalia hay guerra. Me he visto obligado a hacer algo con mi vida en otro país. Quiero ir a la España grande (la península). En Melilla no puedo quedarme. La vida aquí es muy difícil. Hay mucha gente. La concentración de población es muy alta. Sería muy difícil que consiguiera trabajo aquí. Además, la comida no es buena. Es casi lo mismo que estar en Marruecos. Creo que si consigo llegar a la gran España, podré continuar con mi vida”. En Somalia no tiene nada ni a nadie que le haga regresar. “Todos están muertos”, contesta a la pregunta de si le gustaría volver a su país dentro de unos años a visitar a su familia.

“Vengo huyendo de la guerra y no sé si volveré a mi país porque no es fácil”

Marcel (en la foto, de pie) es de Mali y tiene veintitantos años, pero aparenta muchos, muchísimos más. Su dientes y sus ojos dan fe de una vida dura. En francés y con la ayuda de un traductor improvisado, cuenta a El Faro cómo llegó a Melilla. “Vengo huyendo de la guerra y no sé si volveré a mi país o si volveré a ver a mi familia. No es fácil”. Marcel ha visto la muerte de cerca y cree que por muy mal que le vaya en Europa, lo peor ya ha pasado.
A la pregunta de por qué vino a Melilla, el joven contesta con risas, como si la respuesta fuera demasiado obvia como para tener que darla. También responde con risas, buscando la complicidad del intérprete, cuando El Faro le pregunta si volvería a intentar llegar a Melilla si lo devuelven a su país. “Claro. Estoy aquí por la guerra. No tenía otro camino”, contesta con desgana.
Marcel lleva apenas una semana en la ciudad. Saltó la valla el martes de la semana pasada y le ha tocado dormir en las tiendas de campaña que el Ejército ha montado en la explanada del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla. Según ha comentado a este periódico, en las tiendas se duerme bien, no hay “demasiada” gente y en el CETI no les falta de nada.

 

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