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“Hay que dialogar más”

Decía Julián Marías, al que me gusta citar siempre que tengo ocasión, que “no hay una perspectiva única de la realidad; la perspectiva, para ser real, exige la multiplicidad”

por Fernando Gutiérrez Díaz de Otazu
19/03/2023 06:52 CET
“Hay que dialogar más”

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Sé que va a resultar sorprendente la identidad de la persona, Ministro del Gobierno de España, que ha pronunciado la frase que da título a esta colaboración, en los últimos días. Fue el Ministro de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, don Félix Bolaños García, en una conferencia impartida en el Salón de Actos del periódico La Razón, seguida de una mesa redonda con varios periodistas, el pasado miércoles por la tarde. Añadió que “le gustaría llegar a más acuerdos con el PP”. Esa misma mañana, en la sesión de control al Gobierno, en respuesta a una pregunta oral del diputado don Ignacio Gil Lázaro, del Grupo Parlamentario Vox, había aprovechado para no contestar al diputado que le preguntaba y arremeter vehementemente contra el Partido Popular a cuenta de la moción de censura que se debatirá la semana próxima. Apelación al diálogo por la tarde y ataques dialécticos incoherentes y sin atenerse al trámite ni la cortesía (yo diría que incluso la decencia) parlamentaria por la mañana. Nada nuevo bajo el sol. Personalidad cambiante y por lo tanto peligrosa de un ministro del Gobierno de España (quizás el más relevante a la hora de definir el talante corporativo del mismo) en sus relaciones con el principal partido de la oposición.

A menudo, es posible escuchar en conversaciones informales en las calles de nuestro país, que los políticos no nos representan, que realmente no realizan su tarea pensando en el bienestar general de los ciudadanos, sino en el de sus partidos y en las expectativas electorales de la convocatoria inminente o cosas semejantes. Aunque toda generalización corre el peligro de ser injusta, es preciso reconocer que este tipo de afirmaciones se basan en circunstancias y casos concretos que deberíamos ser capaces de analizar, criticar y erradicar de nuestra práctica política.

Aunque es innegable que lo que se escucha (o lo que se tiene que escuchar) en el Congreso de los Diputados, es posible escucharlo, igualmente, en las calles de nuestro país, por lo que no es completamente cierto que, lo que se dice, no represente a alguna parte, mayor o menor, de la ciudadanía, cabría esperar que los representantes políticos tuviésemos la capacidad de elevar, siquiera mínimamente, el nivel argumental del debate público. Representando a los ciudadanos que nos han elegido, sí, pero ejerciendo, al mismo tiempo, nuestra responsabilidad de ser ejemplares en la construcción de una sociedad realmente habitable en la que todos nos podamos sentir cómodos. Para ello, deberíamos ser capaces todos de sacrificar alguna parte de nuestros planteamientos máximos, cosa que sólo se puede conseguir mediante un honesto ejercicio práctico del diálogo.

Contemplamos con demasiada frecuencia en el debate político la existencia de representantes nuestros, elegidos por nosotros, que aparentan siempre estar en posesión de la verdad, que tienen respuesta para todo y que no necesitan interactuar más que con los suyos ni conocer más perspectiva de la realidad que la que comparten con los suyos.

No es, lamentablemente, inusual, asistir a debates de posturas antagónicas sobre una misma realidad en los que se practica este tipo de confrontación dialéctica de sordos. Se trata de debates en los que algunos representantes, en lugar de presentar su percepción sobre el asunto objeto del debate, con la finalidad de ofrecer su visión del mismo e intentar disuadir de la conveniencia de aproximarse colectivamente a su postura, prefieren arremeter contra el adversario político con descalificaciones personales, algunas de muy grueso calado y preferiblemente no reproducibles.

Decía Julián Marías, al que me gusta citar siempre que tengo ocasión, que “no hay una perspectiva única de la realidad; la perspectiva, para ser real, exige la multiplicidad”. Fue alguna de las múltiples sentencias magistrales que expresó en diferentes momentos de su prolífica vida de análisis del comportamiento individual y colectivo de los españoles. Decía, asimismo, en otra ocasión, que “las doctrinas falsas suelen buscar la imposición, las verdaderas prefieren justificarse”.

Es desde esta óptica de la inexistencia de perspectivas únicas de la realidad, desde la que percibo la única España posible; la que integre las múltiples maneras de sentir que en ella conviven y las múltiples perspectivas que de ella tenemos, sin descalificar ninguna de ellas sobre la base de nuestros prejuicios y aceptando, en suma, la existencia legítima de puntos de vista discrepantes que no son, por ello, menos válidos que los nuestros. Son, sencillamente, diferentes.

La consideración de la democracia como una alternancia de despotismos en la que cada cuatro años tenemos la oportunidad de imponer al otro nuestra voluntad es, a mi juicio, la antítesis de la democracia. Un gobierno democrático gobierna, por definición, para todos, para los que le han votado y para los que no lo han hecho, ni piensan hacerlo.

Es para ello preciso, por el bien del futuro de nuestro proyecto colectivo, o lo que es lo mismo, por el bien del futuro de nuestros hijos y nietos, cultivar perseverantemente la moderación y el respeto al discrepante y poner coto a nuestra radicalidad personal. Es ahí, en la moderación y en el respeto al que piensa diferente, donde, a mi juicio, se encuentra la única España posible.

La única España posible y viable es aquella en la que todos nos podamos sentir cómodos, a sabiendas de que no responde, “exactamente”, a la percepción de una persona o grupo de personas en concreto, pero sí, “aproximadamente”, a la percepción del mayor número posible de grupos de personas. En la cultura del diálogo es necesario renunciar, de entrada, a la infalibilidad de nuestras percepciones y aceptar que, quizás, no poseamos ni controlemos todos los parámetros necesarios para afrontar la realidad de una manera integral y asumir que, quizás, ‘los otros’ tengan algo que decirnos y que aportarnos. No se requiere, para ello, renunciar a las convicciones propias. Hay que defenderlas con legitimidad, con contundencia y con lealtad, pero también con respeto a las convicciones de los demás y sobre todo sin descalificaciones personales ni apriorísticas. En resumen, hay que dialogar más.

Tags: Colaboración

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