La valla que en nuestra ciudad separa España de Marruecos también nos divide a los melillenses.
La unidad de criterio que debía imperar en asuntos vitales para nuestro futuro habitualmente no existe. Esta semana la hemos vuelto a echar en falta ante el grave problema de la inmigración ilegal. De nuevo la actuación de los agentes de la Guardia Civil ha sido objeto de controversia política. Otra vez nuestros partidos han optado por el enfrentamiento en un asunto que supera los límites de los 12,5 kilómetros cuadrados de Melilla. La inmigración no es un problema generado en nuestra tierra, no está en nuestras manos ponerle solución, ni lo sufrimos directamente al no ser nuestra ciudad el destino de los subsaharianos que saltan la valla o de los sirios que cruzan ilegalmente la frontera.
El escenario de esta ‘batalla’ política está en Bruselas, precisamente desde donde nos llegan periódicas reprimendas por no respetar a rajatabla las leyes aprobadas en la Unión Europea.
Perdemos el tiempo en discusiones por la puesta en práctica de unas controvertidas medidas al límite de la legalidad (o en el terreno de la ilegalidad) para salvaguardar unas fronteras que ya no son sólo nuestras y desatendemos otros asuntos que realmente son los que nos preocupan a los melillenses.
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