El pasado domingo, Salvamento Marítimo traía a Melilla a decenas de migrantes procedentes del África subsahariana que habían sido rescatadas de una patera en el mar de Alborán. Justo una semana antes, el personal dedicado a auxiliar a estas personas trajo a más de 70 de ellas tras haberlas interceptado en alta mar. En aquella ocasión hubo que lamentar la muerte de cuatro de estas personas, que habían expirado antes de que los buques de Salvamento Marítimo pudieran llegar a tiempo de salvarlos.
Ayer se vivió otra intensa jornada de rescates tanto en el mar de Alborán como en el Estrecho de Gibraltar y también en aguas próximas a las islas Canarias, cuya ruta parece haber sido retomada por los migrantes ansiosos por alcanzar suelo de la Unión Europea.
Las informaciones hablan de más de 400 personas salvadas de las garras del mar en Alborán y el Estrecho, y de varios cientos más en la ruta hacia las Canarias. Ante esta situación, el mencionado ‘efecto llamada’ parece innegable.
En varias de las pateras hay madres con niños de muy corta edad. Desde la comodidad de nuestros hogares, debemos pararnos a pensar que si alguien pone en riesgo la vida de sus hijos y la propia, es porque huye de algo mucho peor. Sólo así se explica esa ausencia de temor a la inmensidad del mar.
Por lo tanto, el ‘efecto llamada’ deberíamos achacarlo a lo que les empuja a huir de sus países, más que a la atracción que venir a Europa suponga para ellos.
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