Al rincón de pensar

El Gobierno central ha decidido no abrir las fronteras de Melilla y Ceuta con Marruecos el próximo 22 de junio, cuando la mayor parte de nuestro país entrará en eso que llaman la nueva normalidad

El Gobierno central ha decidido no abrir las fronteras de las ciudades autónomas de Melilla y Ceuta con Marruecos el próximo lunes 22 de junio, cuando la mayor parte de nuestro país entrará en eso que llaman la nueva normalidad, a excepción de comunidades autónomas como la madrileña, que aunque ha pedido cambiar de fase ese mismo día, previsiblemente lo hará a otro ritmo y de manera progresiva.

Tengo que reconocer que me gusta esa medida, pese a que soy consciente de que nuestros comercios necesitan el turismo marroquí para subsistir y de que la rentabilidad de nuestros bares y restaurantes depende del género marroquí. Pero creo que el Gobierno central hace bien en no abrir hasta que Marruecos no lo haga. Sencillamente no tiene sentido. Una puerta no sirve de nada si no vale para comunicar y la comunicación entre países no puede ni debe ser nunca unidireccional. Lo importante no es quién envía el mensaje sino qué entiende quien lo recibe. Esto, como en el amor tradicional, es cosa de dos.

Pero no es el único argumento a favor de la decisión del Gobierno de España. Abrir Beni Enzar, Barrio Chino, Farhana y Mariguari se notará, sin dudas, en nuestros endebles servicios sanitarios. Estoy convencida de que las Urgencias del Comarcal han experimentado una ‘nueva normalidad’ tras el cierre fronterizo. No sólo por el temor de todos a contagiarnos de la Covid. Sobre todo por la ausencia de ese estrés adicional que suman las parturientas del país vecino, por citar sólo un ejemplo.

No soy precisamente una defensora de negar la asistencia sanitaria a quien no tiene dinero. No soporto la idea de que la salud esté condicionada por el bolsillo, pero entiendo que no podemos dedicar los escasos recursos que tenemos en Melilla a atender todas las necesidades de Marruecos, que son muchas y muy complejas. Eso no entra en contradicción con que podamos hacer excepciones por motivos humanitarios, pero no pueden dejar de ser eso: sólo excepciones.

No sabemos, a estas alturas, cuándo pretende Marruecos abrir sus fronteras. Creo que puestos a esperar, podemos condicionar la nuestra a la suya. Porque conocemos nuestras debilidades y fortalezas debemos aspirar a la simbiosis del tiburón y la rémora: un pacto mutualista en el que ambos ganan.

Pero la realidad es elocuente. En estos momentos no estamos en condiciones de elegir quién parasita y quién aguanta. Estamos en ese punto en el que se lucha por sobrevivir a toda costa. Y no lo tenemos fácil.

Marruecos lo sabe y por eso tensa la cuerda. Hay informaciones que apuntan a que Nador se está preparando para que los melillenses atrapados en esta ciudad puedan renovar su carta verde para poder conducir por esta región mientras se mantiene el cierre fronterizo, que hay quien llama ya “cerrazón” y que podría extenderse más allá del mes de septiembre.

Nos enfrentaríamos a un relato que ninguno de nosotros pudo imaginar, ni siquiera en el peor de los escenarios posibles: la frontera cerrada durante seis meses seguidos. Brutal. Si nuestro sector Servicios consigue sobrevivir a esa maniobra de estrangulación de Marruecos, daríamos una lección a los antiespañoles que se hacen ilusiones con convertir esta tierra en un enclave militar prácticamente deshabitado como las Chafarinas o Perejil.

No nos queda otra que reinventarnos. La estrategia de Rabat, como hemos dicho en esta Jabalina muchas veces, es antinatura. Los territorios fronterizos se necesitan mutuamente. Ir contra eso es casi lo mismo que dispararse en el propio pie. Son ganas de morir matando.

Mohamed VI, operado recientemente del corazón, tiene ahora el argumento perfecto para quitarse de enmedio y achacar a sus peones cualquier decisión que se tome con la Operación Paso del Estrecho o el cierre indefinido de la frontera. Como si no supiéramos en España de la verticalidad del poder en el país vecino.

Hemos hablado de reinventarnos; de sobrevivir; de replantear nuestra economía, pero quizás lo que hoy necesitamos es diálogo. Mucho diálogo para conseguir un consenso difícil de alcanzar con quien no quiere hablar.

De ahí la importancia de consolidar nuestro nivel de interlocución y colaboración con Argelia, el gran rival de Marruecos en el Magreb. Pero no sólo. Es importante cerrar acuerdos de control migratorio con más ayudas a la cooperación internacional con los países emisores de emigrantes. Si conseguimos contener los flujos migratorios, le quitamos poder a Rabat. La inmigración es su gran industria; la ventosa con que nos sacan los euros a diario. Pero si dejara de ser país de tránsito obligado, tendríamos más posibilidades de negociar de igual a igual.

Ni me planteo un escenario de ciencia-ficción en el que bloqueamos todo el tomate marroquí que nos tiene hundidos los invernaderos en Almería. No hablo de boicot. Hablo de exigir controles fitosanitarios a la altura de los que pasan nuestros productos. Por eso insisto en la necesidad de negociar. Bruselas tiene que escucharnos y Marruecos mucho que perder. Tenemos que enviarlo al rincón de pensar.

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