Opinión

Restituir la certeza, recomponer el mañana

Nos asalta la tentación de navegar sin observar, de poner proa con los ojos cerrados en la marea de los días, convirtiéndonos en consumistas insaciables, esclavizados por los engranajes corruptos de un mercado de compraventa, al que no le interesa el sentido de nuestra existencia

La verdad está ahí, jamás perece, como fruto del amor también sufre nuestro poco aprecio o la ración de indiferencia. Dejemos, pues, que se perpetúe el afectivo/efectivo amar. Es cierto que andamos perdidos en medio de una época de falsedades, produciendo tiempos turbulentos, sin apenas ilusiones para remodelar el futuro. A mi juicio, necesitamos realmente de otras atmósferas más auténticas, que nos permitan salvar los desacuerdos y conjugar horizontes que nos armonicen. En cualquier caso, no desaprovechemos el turno para reconocernos unos a otros y entre sí, como una sola familia pensante, rica en diversidad, igual en decencia y derechos, mancomunada en espíritu fraterno e incorporada a un compromiso colectivo, el de ser poesía y nunca poder.

Indudablemente, hemos de volver al verso, que es el que nos libera de todas estas ataduras mundanas, para restituir ese edén que todos añoramos, marcado por una amplia gama de desafíos globales, que van desde el aumento de violencias de todo tipo, hasta el racismo, la discriminación y el radicalismo. En ocasiones, olvidamos que tenemos corazón y apenas hacemos pausa para escucharnos. Nos asalta la tentación de navegar sin observar, de poner proa con los ojos cerrados en la marea de los días, convirtiéndonos en consumistas insaciables, esclavizados por los engranajes corruptos de un mercado de compraventa, al que no le interesa el sentido de nuestra existencia. Falta mística, por consiguiente, en nuestros andares; una larga corriente de vida interior, que es lo que da razón a nuestro ser.

En un mundo, a menudo caracterizado por la intolerancia y las divisiones, la apuesta de una nueva alianza por la humanidad, sustentada en el respeto mutuo hacia todo, personalmente la considero fundamental para activar la confianza, tanto en uno mismo como entre semejantes. Por desgracia, recomponer el mañana no va a ser sencillo, máxime en un periodo en el que las fuerzas de la división y el odio están hallando un terreno propicio, en un campo maltrecho por la injusticia y el aluvión de conflictos. Ante este panorama, tenemos que asegurar que todos nosotros, independiente de la raza, la ascendencia, el origen, el fondo, el género, la religión, u otra condición, llevamos una existencia digna, solidaria y con igualdad de oportunidades entre semejantes.

Aprovechar el poder de la inteligencia artificial, así como cualquier foro mundial o actividad deportiva, para combatir la incitación al odio y la desinformación en pro del fortalecimiento de la concordia y el entendimiento mutuo, siempre es de agradecer. Cualquier plataforma es válida para promover el diálogo, reforzando la escucha en todos los colectivos de personas como negociadoras, mediadoras y pacificadoras. En este sentido, además hemos de tomar nota de la adopción del Pacto para el Futuro, que reconoce el papel del multilateralismo y el valor de la voz de los líderes religiosos y de las organizaciones confesionales en la promoción de una cultura conciliadora. Para ello no sólo debemos elevar nuestra visión, derribando muros y edificando puentes, asimismo reconstruyendo la confianza.

Nuestro deber radica en hermanarnos, es una actitud inherente al propio espíritu humano. En efecto, las gentes tienen que sentirse hogar y familia. Sí que es posible la paz, hemos de cultivarla tan solo; esto queda ya fuera de discusión. Es verdad que la tarea no es nada fácil, tenemos que hacer las paces con la naturaleza, pero igualmente con todo lo que nos rodea; es decir, hasta con nosotros mismos. Esto nos demanda ser ciudadanos de palabra, con distintos credos, pero con una idéntica plegaria, por la convivencia en una sociedad armónica, cohesionada e inclusiva. Ahora bien, pienso que debe imponerse una didáctica nueva y universal, concretamente la pedagogía del acuerdo, como instrumento de orden general, de apego y de unidad entre los pueblos.

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