Categorías: Cultura y Tradiciones

‘Quejíos’ de una gran alma flamenca

Miguel Poveda desató los ‘olés’ del público con cada palo y cante seguido de dos guitarras y varios percusionistas, demostrando que es uno de los grandes del flamenco actual.

Como el quien con mimo trabaja la arcilla para darle textura y de un montón de barro esculpe un bonito jarrón, Miguel Poveda demostró ser un artesano como los grandes alfareros. Escogió cada nota, cada palo, cada cante para después moldearlo con su voz firme y fuerte y hacer de esa letra un sentimiento. Quejíos del alma en las primeras notas que abrieron el concierto, luego llegaron las alegrías, bulerías y otros palos que despertaron el flamenco de los corazones de más de 1.000 melillenses que disfrutaron con este gran cantaor.
Sin discusión alguna, Poveda ofreció ayer un gran recital de flamenco. Se aseguró un pedazo del corazón de Melilla por su nobleza, su valor y por todas y cada una de las letras que fue dibujando en el imaginario del público, que pudo revivir cada una de las escenas que los cantes de Poveda explicaban.
No estuvo solo en este recital de arte que emocionó hasta a los menos empáticos con el flamenco. Junto a su gran voz estuvieron dos guitarras, otras voces que guardaban sus espaldas y varios percusionistas. Un lujo para los oídos de los melillenses fue vivir esta experiencia flamenca, que no se volverá a repetir, al menos que Poveda vuelva a ofrecer un nuevo concierto en tiempos venideros.
Pero los compases y las palmas ya sonaban antes de que Poveda y sus artistas salieran al escenario del Auditorio Carvajal. Un gran número de admiradores y seguidores aguardaban en sillas o sentados en los escalones a que este gran artista comenzara su recital. Pero como se fue retrasando hasta más allá de las 22:15 horas, el público pidió con palmas acompasadas la presencia del cantaor frente a los focos.
Con proyecciones de ‘arteSano’, el concierto de Poveda fue un continuo cante. Su voz y los sonidos de sus músicos se mezclaban o se separaban dejando poco tiempo al silencio. Aunque, en algunas ocasiones, ese espacio entre el final de un quejío y el inicio de la siguiente nota fuera un respiro para el público que aprovechaba para gritarle ‘olé’.
‘La Lupi’ no fue una sorpresa, pues todos los presentes sabían de su taconeo y del arte que desprendían sus manos al compás de la voz de Poveda. Pero la emoción corrió más fuerte por el auditorio cuando todos estos artistas interpretaron a la vez lo que es el flamenco: Tacones, voces rotas, guitarras y cajones que estallan en un sólo sentimiento.

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