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Paquita, un corazón entregado al cuidado de los pobres más pobres

 Francisca Quiroga lleva desde los 12 años colaborando con San Agustín.

Paquita es una mujer risueña y amable. Lleva desde los doce años colaborando en la parroquia de San Agustín y por lo tanto, toda una vida dedicada al cuidado del más débil y desprotegido. Su corazón conoce la historia de centenares de niños que iban a la guardería que fundó un grupo de voluntarias y Sor Mercedes hace unos 30 años y también guarda las penas y alegrías de miles de familias que han llorado con ella porque no tenían recursos económicos para salir adelante. Ella es la imagen de la solidaridad y aunque no quiera salir en la foto porque dice que ya es muy mayor, nos cuenta algunas de esas vivencias que han marcado su vida como voluntaria.  
Francisca Quiroga Prieto (Paquita) siempre se encontró bien ayudando a los más necesitados. Nunca la contrataron por dedicar horas y días a esta tarea. Su bolsillo no tendrá mucho dinero, pero su corazón está lleno del amor de las personas a las que ha echado una mano. Cuando era joven, colaboró con Sor Mercedes para poner en marcha una guardería infantil de San Agustín. Tuvieron que recorrer la ciudad para convencer a otros comerciantes de que no pujaran por este servicio porque todo lo que había ahorrado la iglesia era para este proyecto. Sus ‘lloros’ surtieron efecto, ganaron la subasta y fundaron la escuela infantil en el barrio. Los niños más pobres acudían a esta guardería sin pagar ni ‘una perra’  y en cambio, los hijos de los militares que necesitaban este servicio aportaban unas 15.000 pesetas, una barbaridad de dinero para aquella época. Pero es que con estas cuotas a los militares conseguían cubrir los gastos de comidas de todos los niños.
Su marido le echaba una mano en esto. Se levantaban a las 6:00 horas para ir al mercado y por no perder dinero, cargaban ellos con los sacos de patatas hasta la guardería. Allí ella se encargaba de dar de comer a los pequeños, de vestirles o de limpiarles si hacían sus necesidades. Asegura que era tan buena en su trabajo que hasta los más rebeldes para comer la sopa acababan por engordar de los cucharones que se tomaban mientras estaban en sus brazos. Su labor en esta escuela fue la de cuidar a los niños y claro, con el paso de los años, ahora esos pequeños son los que aparecen por la parroquia para echarle una mano a ella con las tareas de Cáritas.

Atender a los necesitados
Ella era el peón de un juego de ajedrez que comenzaba cada mañana en esta escuela infantil. Lo mismo echaba una mano a una monja que a la cocinera y claro, toda esta experiencia le ha servido para ser una de las voluntarias de Cáritas con mejor talante para hacer la labor de acogida de las familias.
Ahora dedica mucho tiempo a acompañar a Cristina Vizcaíno, la trabajadora de Cáritas de San Agustín, en la oficina para atender a las personas que llegan demandando ayuda. Pero también es de las primeras en hacer visitas a los domicilios para comprobar cómo van evolucionando los ciudadanos a los que echan una mano y es de las que se pone a hacer paquetes de alimentos.
Paquita resalta cómo ha cambiado el perfil de quien demanda ayuda. Cuando ella era joven no había servicios sociales y por eso, había muchas personas necesitadas. Luego la vida mejoró, cuenta esta mujer, y la Administración hizo su labor de acoger a los más pobres. Pero de nuevo la crisis económica ha hecho que todo cambie en la ciudad. Explicó que son muchas las familias que tenían una vida cómoda y que al perder su trabajo, se han quedado sin recursos con los que comprar leche o pan. Afirma que en Cáritas se está atendiendo a los más pobres entre los pobres porque no tienen capacidad para echar una mano a todo el mundo.
Esta melillense resalta lo complicado que resulta a veces dejar en la oficina los problemas de los demás. Más de una noche ha pasado en vela calculando y estrujándose el cerebro para encontrar una ayuda para una familia desesperada. Pero también le brillan los ojos y sonríe al recordar la historia de otras que han conseguido salir adelante gracias a Cáritas. Sin duda el afecto con el que la saludan los que la conocen es el mejor pago por su solidaridad.

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