Opinión

Navidad

La Medalla de Oro es la máxima condecoración que cualquier institución local y autonómica española puede conceder.

La de siempre, la más universal de las efemérides, la que se celebra por la gente de a pie de igual manera que antaño con los matices de la modernidad y el avance de los tiempos. Navidad cada cual por su cuenta, en lo que se refiere a la clase política, y supeditada al interés partidario y a los meses preelectorales que vendrán.

Navidad de ruido y de luces, de encuentros y de preclaros desencuentros que se agudizan, pero también de algún silencio que, por el hecho de serlo, no es rentable. Baste recordar alguno.

La Medalla de Oro es la máxima condecoración que cualquier institución local y autonómica española puede conceder. Se recuerdan los méritos y se ensalza el ejemplo para la sociedad de donde emana el espíritu agradecido.

Causa extrañeza, o quizás no tanto, el silencio con el que ha respondido el ámbito de la política representativa autonómica melillense, cada parte por un motivo se supone distinto, al caso de aquel deportista de artes marciales que según el capítulo de triunfos (combates, se supone) alcanzó las altas cotas del ranking representando a España y amparado por ella.

Ya son varios los episodios en los que se le ha visto en las salidas de asueto, y como parte de su círculo más íntimo, de Su Majestad, pero no de Felipe, sino de Mohamed, el monarca desinhibido que ansia y proclama la desaparición de Melilla y Ceuta como dos ciudades españolas.

Curioso que la primera es quien, a través de la representación de la Asamblea, le concediera hace cuatro años la máxima distinción. Pero más curioso es el silencio de estos mismos otorgantes a la hora de, como poco, pedir explicaciones. Este silencio confunde.

Gaudete, el tercer domingo de Adviento ese tiempo de esperanza), vino precedido por la buena noticia de la llegada de una ministra del Gobierno de España. Visita que, aún en clave electoral, no deja de ser de positiva por lo que supone de compromiso con aportar luz a una infraestructura básica en el futuro de Melilla, el nuevo Hospital Universitario. Su presencia, la de un miembro del gobierno central, siempre, venga a lo que venga, es saludable.

El motivo de su comparecencia es de advenimiento, de esperanza en su llegada, pero sin duda choca con el lógico escepticismo de una ciudadanía que aguarda, desde hace casi 15 años que se anunció, su puesta en marcha. Ojalá sea vencido, el escepticismo.

Y sea vencido, igualmente, para que más allá de tantos circunloquios sobre “planes estratégicos”, de tantas palabras, reflexiones y catálogo de soluciones, esta tierra, por fin, pueda creer que su camino día a día hacia el porvenir, no estando exento de obstáculos, al menos tiene contornos visibles, trazado notorio y hechos tangibles.

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