Ayer, con ocasión de la celebración del Día del Emprendedor, se puso de manifiesto que las ayudas previstas por la sociedad Proyecto Melilla para la contratación en empresas privadas de jóvenes desempleados han terminado siendo un auténtico fracaso, porque ningún empresario de la ciudad las ha solicitado.
Ante ello hay que preguntarse dónde está el fallo, si en la pasividad de un empresariado acomodaticio o en la incapacidad de Proyecto Melilla para dar virtualidad a unas ayudas que o bien no han contado con la suficiente difusión o no han resultado lo suficientemente ágiles para poder generar los beneficios pretendidos.
Es un mal balance y un mazazo para los mismos estudiantes universitarios y de Formación Profesional que ayer fueron llamados por la Consejería de Economía de la Ciudad Autónoma a cultivar el espíritu emprendedor, tan necesario en una sociedad de mercado como la nuestra.
Melilla necesita un revulsivo que exige que las ayudas que se pongan en marcha lleguen a todos los destinos a los que se dirigen.
Cuesta creer que ni un sólo empresario haya contratado a un joven desempleado en los últimos meses. Algún motivo debe explicar qué ha podido suceder para que unas ayudas en principio bien pensadas acaben sin ningún tipo de eficacia. Proyecto Melilla debería estudiar y revisar qué ha pasado, porque el dato resulta desalentador y preocupante.
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