Opinión

Cultura

Los tiempos que se viven obligan, para bien, a acercar la diversidad dando salud a la propia sociedad.

Para el conocimiento no hay mejor vehículo que la cultura y si este es el de quienes son diferentes, más aún. Pero cuando la cultura no actúa como puente sino como conflicto de intereses, su fin principal, para preservar la identidad, se diluye.

Cómo somos debe ser comprendido por quienes forman parte de otra singularidad, eso conlleva a insuflar energía a la propia civilización, pero no a una competición que no pocas veces se mira a través del prisma de la rentabilidad política.

Los tiempos que se viven obligan, para bien, a acercar la diversidad dando salud a la propia sociedad. No hay otra opción para convivir o al menos vivir en la misma casa, aún en habitaciones separadas. Igualmente, los intentos de mutar la cultura como un catálogo doctrinal llega a las cercanías, si no de lleno, al sectarismo.

Muchos ejemplos circundan en la actualidad y, sin duda, la proximidad de las citas electorales los hace acrecentar.

No es que se pida un orden estricto a la hora de la divulgación y la vivencia, pero si al menos una racionalización para que no se convierta en un concurso sobre a ver quién da más, antes e incluso solape al “adversario”.

“La cultura, como el deporte, no debe ser el escaparate en el que exponga la vanidad, sino un conductor que atraviesa todas las sensibilidades y sale ileso, que no indiferente”.

La interpretación de una cultura que fomenta la permeabilidad, hace compartir y disfrutar de los rasgos identitarios que caracterizan las distintas partes que conforman un conjunto social, una ciudad, no debería medirse en el número de votos que se anhelan, por legítimo que sea.

Ya se sabe que los caminos hacia la cuestación de los apoyos, tantas veces, son inescrutables, pero no por ello se debe perder la razón principal del incentivo cultural y que es el compromiso, no tan a menudo el espectáculo temporal, ocurrente o interesado.

Cuando los partidos políticos se "lanzan al ruedo", aunque realmente nunca lo abandonan totalmente, para lidiar con las urnas suelen primero pedir el aplauso partidario, el de marca, para posteriormente solicitar al de los indiferentes y por último crear la duda al del contrario. Esta dinámica orienta, prácticamente, todas las disciplinas de la gestión política, sea de gobierno sea de oposición.

Los servicios públicos, el incentivo de la vida económica y social de una comunidad (que debe ser una sola y de todos, no un conjunto de partes) están condicionados, y no lo debieran tanto, al calendario electoral. Si acaso y al menos en lo imprescindible y básico para vivir, bueno será desasirlo de esa sujeción y la cultura en todo su abanico y por ser el "ADN" de nuestra idiosincrasia, más aún. Quizás sea una forma de evitar prospere el escepticismo. Es una opinión.

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