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A la intemperie en Las Palmeras

Decenas de vecinos prefierieron pernoctar en la calle la noche posterior al terremoto por temor a las réplicas.

Si alguna lectura puede sacarse de la noche posterior al terremoto de 6.3 grados en la escala Richter que estremeció la ciudad el lunes, ésa es que muchos melillenses pretenden mantenerse alerta ante lo que no se puede prever.
En la madrugada del lunes al martes, fueron centenares los ciudadanos que prefirieron pernoctar a la intemperie antes que hacerlo en sus hogares. Una decisión que refleja el pánico que muchos sienten a que hipotéticas réplicas del seísmo provoquen que el techo se desplome sobre sus cabezas.
Aída es una joven que vive en la urbanización Las Palmeras. Ella y sus familiares se sumaron al centenar largo de vecinos de la zona que montaron un improvisado campamento a la intemperie.
“La gente bajaba mantas, colchones.... Yo cogí tres o cuatro almohadas y cinco o seis mantas”, recuerda. “Hoy (por ayer) tengo a mi hija malísima con fiebre y yo estoy fatal de la garganta”.
“Hay miedo, pánico, entre la gente”, continúa Aída justificando su reacción y la de sus vecinos frente a posibles réplicas del terremoto.
La mayor parte de estas personas se acomodaron como pudieron en la cancha de fútbol-sala emplazada frente a la fachada de Las Palmeras. Pero Aída y los suyos optaron por cobijarse en su coche. Después, ante la incomodidad de dormir sentados, se tumbaron junto a la fachada de un edificio, donde permanecieron “hasta las seis de la mañana”.

Una hoguera contra el frío
Hakim es un chaval de 13 años que estuvo con sus padres y hermanos entre los que pasaron la noche sobre el cemento de la pista deportiva. “Hubo gente que hizo fuego con mecheros y maderas para calentarse. Pero algunos se quejaron del humo y vino la Policía a decirnos que lo apagáramos”.
“Espero que si esto pasa otra vez, vengan la Policía y la Cruz Roja a ayudarnos”, agrega Hakim. Su madre añade: “Hacía mucho relente, mis hijas se han puesto malas del frío”.
Dudu es un señor que ronda los 60 años que prefirió permanecer con su mujer en casa. “Sentimos un pequeño temblor sobre las dos y media de la madrugada, pero nos quedamos igual”.
“Vi que había gente incluso con tiendas de campaña, pero la mayoría se fueron sobre la 1:00”, cuenta a El Faro.
Una versión que coincide con la de Abdelselam, dueño de un quiosco. Él y su esposa bajaron con un par de sillas plegables, pero algo más tarde de la medianoche, ya estaban de nuevo en casa. “Muerte sólo hay una. Si viene, no hay nada que hacer”, razona.

Personas mayores
Aída, auxiliar de enfermería, siente empatía por los ancianos y sufre al pensar en los que tienen movilidad reducida. “Hay gente que vive sola. ¿Cómo harían para bajar si hay otro terremoto?
Ella misma se responde: “En el 4º A hubo dos vecinos mayores que no pudieron salir”.

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