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Inicio » Editorial

El tubérculo del coronel Martín Villaseñor

por Redacción El Faro
26/02/2014 01:47 CET

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EL paso del delegado del Gobierno, Abdelmalik El Barkani, ayer por el juzgado no sirvió para eliminar todas las sombras sobre la legalidad o no de la expulsión a Marruecos de los 21 inmigrantes que hace un año llegaron a Melilla en vehículos ‘kamikazes’. El coronel de la Guardia Civil, Ambrosio Martín Villaseñor, aportó poco. De hecho, no aportó nada. Ni acudió a la cita con el juez. Su ‘espantada’, eso sí, ajustada a derecho, sirvió en cambio para confirmar cómo funcionan y han funcionado siempre las cosas en ese benemérito Cuerpo de Seguridad. La intención del máximo responsable de la Comandancia, como cualquier otro alto mando de la Guardia Civil, es evitar por encima de todo la más mínima mancha en el historial, en especial si para mantener impoluta la hoja de servicios basta con arrojar la ‘patata caliente’ por la ventana. Así lo hizo hace unos días Martín Villaseñor con un escrito que presentó en el juzgado y ayer el tubérculo le cayó en las manos al comandante Ortega Navas. Tras ser señalado por su superior, la intención de los abogados de CpM y Prodein es ampliar la querella criminal contra él para que también sea llamado a declarar como imputado. Falta saber qué hará ahora Ortega Navas, jefe accidental de la Comandancia cuando tuvieron lugar las 21 expulsiones de marras. Tal vez también decida dejar que la ‘patata caliente’ siga su curso natural hasta llegar al pobre desgraciado que se la coma, en este caso un guardia civil sin galones. Cualquiera del casi medio millar que hay actualmente destinados en Melilla puede ser la víctima propicia si se dan las circunstancias. Desprovisto de un protocolo, con una orden directa de un superior, abrumado por las dudas sobre la legalidad de una expulsión basada en un tratado internacional que ni el propio ministro del Interior ha sido capaz de explicar con claridad cuando se le ha preguntado en el Congreso y sólo agarrado a una Ley de Extranjería que ahora quiere ser presentada como papel mojado, cualquier pobre diablo sin mando puede acabar sentado ante el juez sin saber muy bien qué ocurrió aquel mes de febrero de 2013 cuando alguien le ordenó acompañar a un grupo de 21 subsaharianos hasta la frontera.
Es una ‘patata caliente’ que se puede cruzar en el camino de un agente en el momento más inesperado, como le ocurrió ayer al delegado del Gobierno con el padre de Pisly, uno de los dos jóvenes muertos por disparos de la Marina Real marroquí hace ya cuatro meses. Desde entonces las familias de los fallecidos esperan una explicación. Ayer se lo recordó Abdeslam Ahmed al delegado del Gobierno. “¡Eres un mierda! ¡Dimite!”, le espetó a bocajarro. El Barkani no pudo más que mostrarse comprensivo con la desesperación del padre del fallecido. Como a cualquier guardia civil le puede tocar en suerte el ‘tubérculo’ del coronel Ambrosio Martín Villaseñor, al delegado del Gobierno le ha tocado cargar con el que dejó caer el hijo predilecto de Melilla, el ministro García Margallo. También en el Gobierno central funciona la cadena de mando y, cuando pintan bastos, no hay ‘protocolos’ que valgan. Uno aguanta el chaparrón como puede, con la máxima dignidad posible y asume que, aunque injusto, es algo que va en el sueldo, sobre todo si no hay manera de deshacerse de la molesta patata que cada vez quema más.

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