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Inicio » Cultura y Tradiciones

“Yo soy mejor y mucho menos avaro que cuando empecé a preparar la obra”

por Redacción El Faro
02/02/2012 22:23 CET
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Juan Luis Galiardo protagoniza esta noche en el Kursaal ‘El avaro’, un texto clásico que habla sobre la destrucción de la familia por el egoísmo en tono de tragicomedia.

Juan Luis Galiardo es uno de los mejores actores de la escena española. ‘El avaro’ es la obra de teatro que le trae a Melilla después de muchos años sin pisar esta tierra, aunque será la primera vez que se suba a un escenario melillense, ya que tan sólo estuvo en la ciudad para grabar dos largometrajes.
‘El avaro’ fue la última obra que representó el actor César Jiménez con una compañía de teatro local y por eso resulta curioso que años más tarde sea otro de los mejores intérpretes de Harpagón quien de por finalizada la gira de esta obra en Melilla.
Más de 200 representaciones avalan el éxito de esta adaptación de la obra teatral escrita por Molière en el siglo XVI.   
–¿Ha estado alguna vez en Melilla?
–Estuve rodando con Juan Miguel Zamora una película titulada ‘Los nichos de la historia’ y también otra sobre la legión llamada ‘Novios de la muerte’. Son mis dos únicas estancias en Melilla. Pero nunca estuve haciendo teatro. Es una ciudad hermosa y llena de historia y tengo muchas ganas de pasear por la ciudad y de reencontrarme con ella.
–¿Qué características destacaría de esta obra de teatro?
–El género de la obra es el humor y me parece que es el género más inteligente para poder contar cualquier cosa del ser humano, sobre todo, desde el teatro. Es un humor con género tragicómico, pero yo les diría a los espectadores que unido a esto, que es importante, la obra habla del género humano en todas sus facetas. Los 16 actores que estamos encima del escenario representamos cada uno facetas arquetípicas y claras de la gran variedad del ser humano. No hay ni un solo espectador que no se vea reflejado en alguno de los personajes que están encima del escenario. Esto es fundamental e imprescindible en una obra de teatro, es decir, que abarque una gran variedad narrativa universal, como es este gran clásico. Narra algo que tiene que ver con la condición del hombre, da igual la época en la que haya vivido, pues esta obra se escribió en el siglo XVII y sigue estando igual de vigente. Estos son los grandes textos, cuando se habla sobre la esencia del ser humano.
Pero además, está representado todo de la familia del ser humano y para remate, está Harpagón, que es un viudo enfermo y donde la mujer no está presente en su vida.
Habla mucho de la destrucción de la familia, algo que está muy de actualidad en esos momentos, a través del egoísmo, de la avaricia, la soberbia y el nepotismo del poder. Todos esos condicionamientos, que están en la personalidad de Harpagón, destruyen todo lo que toca y eso lo tenemos a la vuelta de la esquina. Lo tenemos en la familia y en toda esta sociedad soberbia, egoísta y avariciosas que tiende a la oscuridad por su comportamiento. Más cosas no se pueden ofrecer en una hora y 37 minutos.
–Y cuenta también con una gran puesta en escena.
–Esta obra une al texto maravilloso de Molière una puesta en escena de uno de los mejores directores del mundo, Jorge Lavelli: con una escenografía original, un vestuario en la escala de Milán, lleno de sugerencias; y un maquillaje original. Las caras blancas de los personajes entroncan con el teatro barroco y renacentista. Todo esto hace que los actores perdamos la personalidad y nuestro ego para convertirnos en lo que somos, los personajes. Dejo de ser Juan Luis Galiardo en cuanto entro en la sala de maquillaje. La máscara blanca anula mi ego para trasladarlo a un acto más generoso que es interpretar a Harpagón y no a hacer de Juan Luis. La música es de uno de los compositores más importantes de Europa, y es minimalista que acierta, como las grandes músicas de teatro, a acompañar el texto y no ocupar más espacio del que debe.
–¿La comedia en esta obra es una forma de decir la verdad o de suavizar la realidad de los personajes?
–No. Es una forma hermosa de decir la verdad. Lo que pasa es que el exceso produce risa. La obra está llena de excesos en situaciones que producen la risa.
–¿No les entra ganas de reírse cuando escuchan al público troncharse en sus asientos?
–Esto forma parte de una disciplina, que son los ensayos. Ésta es una obra que se empezó a fraguar en el año 2008 y cuyo ciclo termina en Melilla después de más de 200 representaciones. Será el último sitio del mundo en el que se va a representar. Pero volviendo a esa cuestión, sobre todo, la disciplina de contención de la risa es producto de unos ensayos y de un ejercicio. También es cierto que los atletas que hacen entrenamiento les permite hacer cosas que un señor normal no podría hacer. Me dan ganas de reírme a veces, pero como estoy metido en mi personaje no puedo reírme, porque todo lo que le sucede a mi personaje es horrible. Ninguno se puede reír, nosotros damos risa, pero ninguno se puede reír porque nuestros personajes están en unas situaciones horrorosamente malas para ellos y muy divertidas para el espectador, pero muy malas para ellos.  
–¿Hay en nuestras vidas muchas personas como Harpagón?
–Los tenemos a la vuelta de la esquina. No voy a decir nombres porque los espectadores los van a descubrir. No va a hacer falta que yo se los descubra. Los espectadores se van a ver reflejados en Harpagón y en las víctimas de este personaje. La obra es muy interactiva.
–¿Se habla de miedos sociales en esta obra? La soledad del poder, la falta de amor...
–Por eso la obra es tan cercana al público. Porque todo lo que cuenta, el ser humano lo ha ido repitiendo a lo largo de la historia. Ésta es la grandeza de este gran clásico.  
–¿Nosotros también somos avaros?
–Creo que he hecho una terapia conmigo mismo y he descubierto mucho de lo que yo tengo de avaro. Por eso, el teatro no solamente es entretenido, es una profesión, es una terapia. Para mí el teatro es terapéutico. La terapia me hace reconocerme y también me hace mejorar. Yo soy mejor y mucho menos avaro que cuando empecé a preparar esta obra hace tres años y medio. Porque he hecho terapia con el personaje. Freud utilizaba y recomendaba mucho el teatro como terapia para la sociedad no solamente verlo, sino hacerlo para descubrir muchos de los males que están dentro y que tenemos que limpiar.
–¿Qué tal ha sido recibir a chicos de diferentes institutos en las representaciones programadas en otras ciudades?
–Las representaciones más maravillosas le he hecho con gente joven, porque yo creo en los jóvenes mucho más que en la gente de mi generación. Yo trabajo mucho para mis nietos, también para mis hijos, pero más para los pequeños. Todavía hay tiempo de salvar a una sociedad y no dedicarnos a hablar mal de la juventud. La juventud es una enfermedad que se cura con los años, decía un sabio, por eso hay que asistirla y ayudarla. Y estoy encantado. Fueron las representaciones más hermosas. Hicimos más de 50 y fueron estupendas.
Me encantaría que fueran chicos de más de catorce años para arriba en Melilla porque se van a ver reflejados en la obra, que fueran con sus padres porque van a ser muy felices. Es una obra de familia.
–¿Se nota desde el escenario que hay otro público más joven sentado en el patio de butacas?
–Es más puro, es más fresco, es más auténtico. No tiene tanta tensión ni está tan manipulados. Es más espontáneo, desde las risas a los silencios.
–¿Podría comentarnos cuál es su escena favorita de la obra?
–Pues es que esta obra me gusta tanto que me gusta toda. Lo disfruto mucho. No sé que va a ser cuando deje de hacerla. Me decían mis compañeros que la van a echar mucho de menos y me gusta mucho. No puedo decir una en concreto.
–Con más de 200 representaciones habrá vivido muchas anécdotas con ‘El avaro’. ¿Nos destacaría alguna?
–El otro día en Sevilla al Señor Anselmo, que es elegantísimo y que viene a solventar la vida de Harpagón, se le cayó un botó. Nadie hizo nada hasta que lo cambié yo todo. Le dije: “Señor Anselmo permítame recoger su botón y dárselo a mi sastra para que luego lo cosa”. Y el público aplaudió. Era un detalle que no estaba en el texto y el público se dio cuenta.
Los actores siempre que tenemos personajes vamos a seguir hablando como él. Así, cuando se fue la luz en una representación, todo el mundo estaba callado y de pronto dije: “Siempre pasa esto en París. Las velas estas no quiero que me las traigan tan gastadas” y seguí hablando.  Siempre hay una anécdota que supera a la realidad porque ya estamos tan imbuidos en el personaje que nunca sales de él en la representación. Desde que entras en maquillaje hasta que terminas vives la peripecia de esta época y de Harpagón y con tus compañeros vives en un mundo maravilloso.
–¿Cuáles serán sus próximos proyectos?
–Estoy grabando ahora en una serie ‘Gran Hotel’, que se inició la temporada pasada y entro de refuerzo junto con Adriana Ozórez, Concha Velasco, Amaya Salamanca o Ion González. Estupendos actores y es un reparto magnífico.
Y a la vez, empiezo los ensayos de mi siguiente proyecto, ‘Las últimas lunas’, una historia sobre la vejez y el paso del tiempo en tono tragicómico, que fue lo último que hizo Mastroiani.

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